Noche buena para todos

Por Martín Acevedo

Hace un año esta columna estaba ilustrada por la foto de un pesebre en el que, a instancias de Bergoglio, un Jesús bebé aparecía envuelto en un pañuelo palestino, en clara alusión al origen del Redentor y a la situación actual de los miles de niños que padecen bajo el yugo de la ocupación israelí.

A pocos días de la celebración que el consumismo capitalista teñirá de rojo brillante, como el de la gaseosa emblemática, los valores que se enuncian en torno a la festividad se combinan en una mezcla paradójica entre la caridad cristiana y las ventas masivas en los centros comerciales.

La idea no es indagar en una pureza asociada a los orígenes de la navidad. Aunque resulta relevante señalar que por estas fechas se celebró desde tiempos inmemoriales, en el hemisferio norte, el triunfo de la luz sobre las sombras, el renacimiento, el Sol Invicto. Era un periodo en el que la algarabía se unía a un sentimiento de igualdad, en el que la estructura social de poder se diluía. Con la llegada del cristianismo primitivo a Roma, el sincretismo y la asociación, entre estos motivos y el nacimiento, cuyo momento exacto se desconocía, del nuevo mesías fue inevitable, y trajo consigo las represiones propias de una religión hija del judaísmo.

Sin dudas, hoy los valores humanistas se encuentran en entredicho. La sociedad occidental parece haber olvidado la tradición de la dignidad y la solidaridad, abrazando ideologías que ensalzan el odio y la crueldad, la discriminación y la estigmatización de los más vulnerables. Los millones de migrantes, expulsados por las consecuencias del capitalismo depredador, hallan muros y segregación en lugar de la caridad cristiana que las naciones dicen profesar. Pierre Bourdieu advertía que “no hay relaciones de comunicación que no sean, inseparablemente, relaciones de poder”, y esa verdad se refleja en la manera en que los discursos oficiales legitiman la exclusión como si fuera natural.

Por otra parte, las redes sociales, dominadas por los nuevos megamillonarios, se han convertido en territorios de un nuevo feudalismo digital. Byung-Chul Han señala que “nos hemos convertido en herramientas del smartphone; creemos que somos libres, pero vivimos bajo un régimen despótico neoliberal”. El algoritmo, diseñado exprofeso, nos mantiene en una estupidez permanente, anestesiando la crítica y capturando nuestra atención como siervos de la gleba virtual. Yanis Varoufakis describe este fenómeno como “tecnofeudalismo”, donde los usuarios son “siervos en la nube” que generan valor sin remuneración, tributando con sus datos a los nuevos señores digitales.

La noche unánime de nuestro presente nos asola. La realidad que nos toca vivir se presenta inexorable y dura como el hierro. Se nos convenció de que la injusticia es un orden natural, lo que Bourdieu llamaba “la paradoja de la doxa”: aceptar como inevitables condiciones de vida intolerables. Pero nosotros somos humanos, y si de algo podemos estar seguros, para bien y para mal, es que tenemos un enorme poder transformador.

Ya huérfanos de figuras como las de Bergoglio y el gran Pepe Mujica, quienes siempre nos advertían sobre las consecuencias del culto al capital, nos toca a nosotros colocar el pañuelo palestino, ya no en un pesebre, sino en nuestras consciencias y hacer de nuestro entorno un lugar más humano.

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